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El mundo según Pato Navia

 
20100207 ¿Líder de la oposición?



Patricio Navia

La Tercera, febrero 7, 2010

La elección temprana de un líder de oposición que se perfile como candidato presidencial le arrebata a la gente el derecho de escoger a su candidato y dificulta la unidad interna de una coalición, donde inevitablemente hay varios líderes con ganas de ser candidatos.

Algunos en la Concertación han especulado con la posibilidad de tener un líder, ahora que pasarán a ser oposición tras 20 años en el poder, inspirados en los sistemas parlamentarios, donde el titular de la minoría parlamentaria es oficialmente definido como el líder de la coalición opositora a los gobiernos de turno.

Pero en sistemas parlamentarios hay un mecanismo de competencia para decidir el nuevo liderazgo. En ocasiones, el candidato derrotado se mantiene como líder en el Congreso. Otras veces, emergen nuevos liderazgos que demuestran sus fortalezas y debilidades desde la bancada opositora en el Parlamento.

En los sistemas presidenciales (como el chileno), en cambio, el candidato perdedor a menudo queda fuera del juego político. Incluso cuando mantiene un escaño en el Congreso -como los senadores John Mc Cain en Estados Unidos y Eduardo Frei en Chile- no asume por derecho propio el liderazgo de la oposición.

Al tener un sistema presidencial desarrollado y estable, Estados Unidos es visto como ejemplo para sistemas similares menos consolidados. La oposición allí se articula desde el Congreso, donde el partido que no controla la Casa Blanca obstruye o colabora con el Ejecutivo.

Cuando controla la mayoría en alguna Cámara o si posee una minoría suficiente para bloquear la legislación, la oposición ejerce más influencia. Cuando mantiene disciplina y unidad, aumenta su capacidad para hacer valer su condición. La destreza y visión de sus líderes determina si el partido de oposición será obstruccionista o privilegiará la democracia de los acuerdos.

La elección del candidato presidencial de la oposición en Estados Unidos corre por un carril distinto. Ya que hay un mecanismo establecido de primarias abiertas y competitivas y un calendario que obliga a los aspirantes a transparentar sus intenciones dos años antes, el papel de líder de la minoría radica en el Congreso, mientras que el de aspirante presidencial lo determinan los propios votantes.

Aunque sea la primera vez que lo experimenta la Concertación, Chile ha tenido 20 años de experiencia democrática con partidos de oposición. La Alianza siempre combinó sus liderazgos de oposición entre sus legisladores y las jefaturas de partidos. Con más disciplina interna, la UDI privilegió a su directiva. En RN hubo más diversidad, que ocasionalmente devino en indisciplina. Las diferencias entre la UDI y RN a menudo quedaron en evidencia en la forma en que votaron distintas iniciativas de los gobiernos de la Concertación.

Ahora que será oposición, la Concertación debiera aprender de los aciertos y errores de la Alianza durante los últimos 20 años.

La unidad de la coalición se debe construir a partir de similares visiones de país, no con improbables intentos de forzar disciplina partidaria o de coalición. La Alianza siempre intentó proteger sus liderazgos presidenciales de la coyuntura. Si bien nunca sometió al electorado la decisión de escoger a su abanderado presidencial (y los mayores conflictos entre partidos se dieron precisamente al definir el candidato), la Alianza supo separar los roles de candidato presidencial y líder de la oposición.  

La Concertación debiera entender que la naturaleza multipartidista de la coalición hace muy difícil que pueda haber un líder de una oposición unificada.

Los presidentes de partidos, los jefes de bancada, los legisladores más influyentes en el Congreso y, de cuando en vez, algún parlamentario díscolo que cruce filas para negociar con el gobierno de Piñera -cosa que también ocurrió cuando la Alianza fue oposición- serán los principales líderes de la oposición en los próximos cuatro años.

La discusión sobre el candidato presidencial se dará por un carril distinto. Por cierto, si la Concertación quiere marcar diferencias con la Alianza en su rol opositor, bien pudiera comenzar a demostrarlo estableciendo desde ya un mecanismo de primarias abiertas y vinculantes, competitivo, transparente y legítimo, para seleccionar a su candidato presidencial en 2013.



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20100201 Bachelet y Piñera: La mejor compañera y el mejor alumno



Patricio Navia

La Tercera, febrero 1, 2010

 

El cambio de mando del 11 de marzo de 2010 representará un dramático contraste con aquella foto de cuatro años antes, que ya pasó a la historia como el momento más importante del gobierno de Michelle Bachelet. La Presidenta se aleja del poder gozando del cariño del pueblo. Sebastián Piñera llega al poder esperando la aprobación de ese mismo pueblo que votó por él, pero no le ha dado todavía un lugar en su corazón.

 

No hay que esperar al 11 de marzo para ver cómo el poder deja a Bachelet. Desde que optó por ceder la política a los partidos -y confió en sus ministros Pérez Yoma y Viera-Gallo el manejo de lo cotidiano- Bachelet se centró en promover la red de protección social y acercar el gobierno a la gente. Ella fue la gran vocera de su propio gobierno. Bachelet sabía que mientras más se alejara de la política cotidiana más se libraría de la mala reputación de la política. 

 

Esa estrategia rindió frutos, pero también tuvo costos. Bachelet no tuvo injerencia en la selección del candidato presidencial de la Concertación. A nadie le importó quién era el favorito de la Presidenta. Bachelet guardó silencio cuando la Concertación hizo primarias truchas. Tampoco intentó influir en la selección de candidatos concertacionistas al Parlamento, aunque expresó apoyo al pacto con el PC. Cuando finalmente entró a hacer campaña por Frei, su voz tuvo poco efecto. La gente la quiere y respeta porque Bachelet no es política. Por más que Frei la nombrara en la campaña -y se acercara vicariamente a través de la madre de la Presidenta-, la opinión pública nunca vio a Frei como el continuismo de Bachelet. Si bien era claro que las políticas se mantendrían, el estilo era muy diferente. Y desde el Transantiago, Bachelet fue mucho más estilo que especificidad en políticas públicas.

 

El aura de poder que rodeaba a Bachelet se comenzó a desvanecer desde antes de la elección. Aunque muchos candidatos al Parlamento se tomaron fotos con ella, la Concertación -con PC a bordo- sacó apenas más votos que la Alianza. Después de la victoria de Piñera, aunque ella se empecine en no invitar a su sucesor a La Moneda antes del 11 de marzo, el poder se ha alejado de Palacio. Con el cierre del Parlamento en febrero, Bachelet sufre el síndrome del pato cojo -incapaz de gobernar efectivamente-, a la vez que es receptora del cariño y respeto de la gente. La suya será una despedida cariñosa y apoteósica, pero carecerá de poder para impulsar un legado.

 

Irónicamente, el hombre que la reemplaza tiene fortalezas y debilidades opuestas. Porque hizo campaña prometiendo premura y eficiencia, la opinión pública no le perdonará errores. Pasaremos de la cariñocracia a resultadocracia. La aprobación del presidente dependerá de la efectividad de su gobierno. Mientras a Bachelet se le perdonaban prácticas poco recomendables para un presidente -como no celebrar conferencias de prensa- Piñera deberá comportarse como un mandatario probo e infalible. Si Bachelet era la mejor compañera, Piñera deberá ser el mejor alumno. Si a Bachelet la queríamos por lo que era, Piñera deberá buscar aprobación por los buenos resultados que es capaz de producir.

 

Cuando la primera Presidenta de Chile se ciñó la banda, ese momento entró para siempre en la historia del país. Independientemente de su desempeño, Bachelet se había ganado un lugar en la historia con su primer acto como Mandataria. Para Piñera, la importancia de su primera foto como presidente dependerá de su desempeño posterior. Mientras mejor le vaya al primer presidente de derecha democráticamente electo en 50 años, más opacado quedará el recuerdo del cuatrienio de Bachelet. Pero si tropieza, no tendrá el apoyo de la simpatía popular de su antecesora. Así y todo, aunque no logre ser tan querido como la Presidenta saliente, Piñera tiene una buena posibilidad de competir por un sitial que sea tan valioso como el que con propiedad se ganó la popular Bachelet.



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20100114 No es Frei 2010, es Marco 2014



No es Frei 2010, es Marco 2014

Patricio Navia

La Tercera, enero 14, 2010

 

El tibio anuncio que realizó Enríquez-Ominami de su voto por Frei muestra su mayor preocupación por los efectos de esta decisión en la campaña presidencial de diciembre de 2013, que en el resultado de la segunda vuelta del domingo 17 de enero. Al comunicar su voto aludiendo al 29% que el candidato oficialista obtuvo en primera vuelta, ME-O recordó lo difícil que resultaría para la Concertación alcanzar su quinta victoria presidencial consecutiva.

 

Después de fustigar a la derecha por su responsabilidad en la dictadura, ME-O comunicó su apoyo al candidato de "este pueblo", definiendo su domicilio ideológico en la izquierda y convirtiendo, de paso, al candidato de la Concertación en un innombrable para demostrar la distancia que lo separa de Frei y de las elites de los partidos de gobierno. Inicialmente, ME-O quiso ser el candidato de la Concertación. Pero no pudo competir en primarias, porque los jerarcas partidistas cambiaron las reglas para asegurar una victoria de su actual abanderado. Si bien se mostró abiertamente contra la derecha, Enríquez dejó en claro que no votaba ni por Frei ni por los timoneles de la coalición que recibieron las silbatinas de sus propias huestes días después de la primera vuelta. Por el contrario, sí buscó identificarse con los simpatizantes de la Concertación, que, entusiasmados o resignados, apoyan a su candidato. El diputado pensaba en ellos y en cómo votarán en 2014, elección en la que, según dejó claro en su discurso, aspira a competir.

 

Enríquez-Ominami respaldó a Frei de la forma menos entusiasta posible: no quiere facilitar una eventual victoria de ese candidato, sólo busca desligarse de la acusación de ser el padre de la derrota. Si Frei gana, ME-O podrá reclamar parte del mérito por una victoria sorpresiva, que tendrá muchos oportunistas generales. Y si Frei pierde, el diputado enarbolará este apoyo como evidencia de que hizo lo que le correspondía para frenar a la derecha. Otros (los presidentes del PS y PDC, y el propio Frei) deberán asumir la responsabilidad del fracaso. En cambio, el ex candidato díscolo intentará construir puentes con una Concertación que enfrentará el fantasma de la disolución cuando esté por primera vez fuera del poder. 

 

Los desafíos de Enríquez-Ominami no son menores: tendrá que entablar diálogo con los sectores progresistas y renovados de la Concertación y deberá inducir un cambio de folio para evitar que Michelle Bachelet sea carta electoral en 2013. En eso, tendrá la colaboración de las generaciones más jóvenes del oficialismo. Pero si bien serán aliados para buscar la renovación de rostros, los otros líderes de recambio del sector saben que su principal rival para 2013 será el propio ME-O. Por ello, no le dejarán el camino despejado para que regrese a la Concertación. Aprovechando que ya está fuera, la generación de recambio -liderada por Tohá, Lagos Weber y Claudio Orrego- buscará balancear un discurso de inclusión con una estrategia para evitar que ME-O se tome la coalición.

 

ME-O apoyó a Frei omitiendo el nombre del candidato. También, sin anunciarlo formalmente, dibujó el campo de batalla para los años que se vienen y plantó bandera de candidato en esa izquierda desde donde hará oposición independientemente del resultado del domingo.



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